¿Una Europa descompuesta?
Artículo de Opinión de Abel Veiga, profesor de Derecho Mercantil de la Universidad Pontificia de Madrid
Frente a catastrofistas, con su vena apocalíptica y escéptica, que ven la Unión Europea caminando sobre un alambre de fracaso, el tímido optimismo no exento de críticas. Dice que Europa vive sus horas más bajas. Es posible que tengan razón. Que el gran constructo europeo, la Unión, tiene pulso pero un latido débil. No hay liderazgo, al menos si lo comparamos dos o tres décadas atrás. Aquella época no sin altibajos pero con Mitterrand, Köhl, Thatcher, González, Soares, etc., pero ante todo, una figura, Delors. Aquella Europa a doce tenía todo por hacer aún. Hoy la fatiga sucede a una resaca llena de incertidumbres. El egoísmo de los gobiernos de turno nacionales no hacen sino poner en la picota constantemente a Bruselas. Cuando no, convertir las elecciones de este domingo en un auténtico plebiscito interno. Léase Salvini en Italia, pero también Hungría, Polonia, etc.
Hace justo una década la pregunta era ¿hasta dónde Europa? Qué límites, qué fronteras, incluso, ¿qué velocidad? Unos querían más cohesión, más cesión de competencias, menos soberanía, otros se oponían frontalmente. Pero también latía la pregunta de esa frontera, hasta Rusia, o qué iba a pasar finalmente con Turquía y los Balcanes. Todo aquello zozobró ante la pasividad de las mismas instituciones, de la Comisión, y cómo no, de las capitales europeas. Siempre las hubo de primera, de segunda y la mera comparsa. En momentos de incertidumbre como la actual, aunque esto es algo común en el desconcierto internacional, se buscan tablas salva vidas, líderes que emerjan. Pero ya no los hay. Ya no convence aquella locomotora franco-germana, como si tuvieran la patente para avanzar, frenar, o incluso congelar toda expectativa europea. Por qué Alemania y Francia, por qué no otros o todos los demás países en un club a 28, por momentos a 27 donde la indiferencia, la pasividad, el hastío, la decepción, están también presentes.
Quizá la Unión no estaba preparada para la última de sus grandes ampliaciones al Esta. Diez países de golpe, con unos PIB bajísimos, pero con un anhelo de soltar el viejo y pesado lastre nunca amortizado de todo comunista, deseosos de obtener esa carta de libertad, de prosperidad y futuro. Pero el maná de los ochenta y noventa ya no es tal. De ese que tanto se beneficiario los países mediterráneos, entre ellos el nuestro, que debe su prosperidad a la Unión y a la generosidad de los países del norte de Europa. Pero preferimos mirar hacia ese espléndido y cínico lugar que se llama indiferencia.
Estos días como podemos observar en la campaña múltiple, pero lo atinente a las elecciones al Parlamento Europeo, el discurso es vacío, genérico, ambiguo, lugares comunes, por parte de los cabeza de lista. Interesa apelar a la migración, las fronteras, las concertinas, los derechos humanos, y un listado más bien exiguo. Pero nadie habla de proyectos, de qué hacer, de qué legislar, de qué liderar. Europa se ve como algo distante y apetecible, pero imperceptible para los ciudadanos.
Un campo de batalla ideológica traspasada por las viejas confrontaciones derecha e izquierda, nacionalismo versus ecologismo. Ahora el populismo ha asaltado también el debate y quiere sus puestos y poltronas. Los nacionalistas vienen con hambre atrasada y quieren un micrófono y unos minutos para aderezar su trasnochado discurso. Los que se quieren ir de la Unión ahora incluso amenazan con recular y provocar un segundo referendo ante la indiferencia del resto de Europa ya cansada de los juegos cínicos de los británicos. Las orejas al lobo son una visión que ni siquiera la niebla del Canal puede disipar o ahuyentar.
Precisamente cuando Europa es más necesaria que nunca la diluimos. La relegamos cual si fuera un juguete de usar y tirar. Amplificamos a los apocalípticos de su destrucción, de su imputación de inservible y burocratizada, como si no lo fueran nuestras administraciones. Sabemos que el 26 de mayo serán electos muchos parlamentarios y partidos que no creen ni quieren en esa Europa. Negando el futuro, pero también el presente. Son los prejuicios irracionales los que pueden terminar devorando nuestra pasividad, falta de asertividad e irracionalidad. Falta compromiso de los ciudadanos con Europa. Falta voluntad y credibilidad.
El desdén es absoluto. No menos que la demagogia. Pero son pocos los que defienden verdaderamente lo que es y lo que significa Europa y cómo no, la Unión Europeo. Somos víctimas de nuestro propio egoísmo y la ceguera que la soberbia entraña. El constructo económico o la europa de los viejos y nuevos mercaderes está en la encrucijada última, saber qué quiere ser de mayor, saber qué quieren sus ciudadanos, y saber cuándo pasa el penúltimo de los trenes. En lo político falta muchísimo para esa Unión, en lo económico estamos perdiendo una guerra que libran los dos gigantes tecnológicos del mundo, China y un Estados Unidos que reacciona con lo peor, listas negras, para ganar a corto, pero para perder draconianamente a medio y largo plazo. En medio los europeos como si la cosa no fueran con ellos. Como el drama de la migración y los refugiados. Como el peligro del terrorismo islámico. Como la tragedia del desprecio de ricos y pobres mutuamente. También entre países.
Y así se descompone por momentos un proyecto, un sueño que a veces es realidad, otras en cambio, mera resaca sin memoria. O una desmemoria omnisciente y pérfidamente voluntaria.
Luchemos y soñemos con hacer realidad una Europa de ciudadanos no de demiurgos de la palabra y la vaciedad. Pero todo empieza con compromiso. Con voluntad. Con saber la importancia que hoy tiene y sobre todo mañana tendrá Europa en la vida de nuestros hijos. No nos dejemos engañar por la palabrería de demagogos o el castigo que podamos infligir a Europa, porque el daño nos lo hacemos a nosotros mismos.