Soares, el arquitecto de la democracia portuguesa
Artículo de opinión del Profesor de la Universidad Pontificia de Madrid, Abel Veiga Copo, sobre el papel de Mario Soares en la democracia portuguesa
A los 92 años Portugal despide a Mario Soares, el arquitecto de la democracia que hoy viven y disfrutan los portugueses. El estadista de la libertad. El último de una generación de gigantes humanos que de vez en cuando regala la vida y enderezan y cambian el rumbo de sociedades enteras. Soares es y fue para Portugal lo que fue Suárez para España. Liderazgo. Coraje, valentía, lucha por las libertades y dignidad. Dignidad costase lo que costase. Incluso la prisión, el silencio, la deportación, el exilio, o el desprecio inicial de una parte del pueblo que abrazó la dictadura primero de Salazar, después de Caetano. Se enfrentó a la dictadura con coraje y civismo. Con valentía y pundonor, lo mismo que hizo frente a un partido comunista que supo cauterizar y orillar para salvar la democracia en los setenta ante la tentación del abismo en las calles.Adelantado a su tiempo, Soares estuvo siempre allí donde estaba la libertad. Libertad individual y colectiva, solidaridad y lucha. Nunca estuvo ni estaría en otra barricada que no fuese ésta. La del compromiso por la libertad, la igualdad, la solidaridad, lo social. El viejo socialista y republicano simbolizaba como pocos el respeto al padre, al mayor, al viejo de muchas y tantas generaciones de portugueses que derribaron la dictadura. Al otro lado de la frontera nadie la derribaría, el dictador moriría en una cama de hospital y desde dentro se volaría toda la estructura y edificio franquista. En Portugal la revolución con los militares a la cabeza pusieron punto y final al sátrapa. Un punto final donde nadie sabía lo que vendría, pese a un aroma intenso de libertad y sueños. El mismo que los comunistas quisieron con la presión de la calle llevar a sus últimas consecuencias pero que toparon con un Soares decidido a crear y edificar un estado social y de derecho donde el juego político fuesen solo las urnas.
Fue un soñador, pero sobre todo, un pragmático con altísimas dosis de realismo y sentido de la oportunidad. No rehuyó ninguna batalla. Ningún enfrentamiento, aunque no fuera comprendido. Situó al socialismo portugués en sus cotas más altas de resultados y prestigio, nunca recuperados tras él, pese a perder en 2006 unas presidenciales a las que no debió presentarse ya con 82 años. Supo orillar la radicalidad, también los principios más sagrados de la izquierda, -no concebía para desgracia de Cunhal (el viejo adversario comunista con el que recorrió las calles lisboetas en abril de 1974 aupado en los tanques), otra izquierda más que la socialista- pero que en aras y necesidad del país eliminando recetas económicas socialistas para sacar del impasse a Portugal. Sabía que la democracia portuguesa solo sería posible si la economía se enderezaba y ahora no hacían falta experimentos ni recetas radicales.
Soares tenía carisma. Lo tuvo toda su vida. Su bonhomía y aspecto bondadoso no ocultaba la astucia y la inteligencia de un viejo zorro. Listo, pragmático, con sentido del momento y con perspectiva histórica y futura, Mario Soares, subido a aquél tren, o comboio da liberdade, que atravesó España camino de Soares, inició lo que para la politología era por fin, la tercera ola de democracia, (Samuel Huntington) la que como un vendaval se impondría en la Europa del sur y tantos y tantos otros países hasta la caída de la Unión Soviética, el viejo oso carcomido y sin libertades.
En 1975 ganó las elecciones constituyentes, y el partido comunista con un 14 % de resultado no aceptó este y tomó las calles. La deriva de Cunhal fue un juego de suma cero, todo o nada. Y ahí en la calle, Soares, ganó la mejor y mayor de sus victorias. En la Alameda lisboeta, en el corazón de la calle, el socialismo se bautizó en 1975. Con Soares a la cabeza y más de una vez enfrentado al aparato del partido que fundó en 1973.
Soares nunca se calló. Se enfrentó a quién se tenía que enfrentar. Guardó silencio por respeto, y alzó la voz allí donde la tenía que alzar. No importa que enfrente estuviera un Reagan o un Carter, un Gorbachov o un Brandt, un González o Mitterrand, incluso un Peres o un Arafat. En los ochenta tildó a Castro de dinosaurio en extinción. Vivió y conoció el mundo y con él a todos esos líderes que hoy, o bien ya no están, Soares es el último de una generación, o están retirados de la vida política y dedicados a negocios empresariales.
Su pragmatismo le llevó a entenderse con casi todo, con Mota Pinto, pero nunca con un Cavaco Silva, el abismo entre ambos era manifiesto. Llevo a Portugal al corazón de Europa, fue Presidente de su país y eurodiputado. Pero la historia es al final la única y fiel juzgadora. Tuvo sombras y atesoró luces, como todo ser humanos. Virtudes y defectos se dieron abrazos en su vida. Pero por encima de todo, el arquitecto de la paz, fue un constructor de libertad para su pueblo. Ese es el legado y el testimonio que le rinden los portugueses y muchos demócratas.