Skip to main content

Los nuevos incendios, un problema global

Los nuevos incendios, un problema global

Artículo de opinión de Marc Castellnou, jefe del Área Forestal y grupos GRAF. Geralitat Cataluña. Analista estratégico de incendios forestales.

El fuego en el monte no es una novedad, si lo son los nuevos incendios que el cambio climático nos trae. Son más intensos, rápidos y destructivos para nuestros ecosistemas debido a su alta intensidad. Y aunque la primera reacción ante ellos ha sido seguir insistiendo en intentar apagarlos, nos estamos dando cuenta, a costa de perder ecosistemas y paisaje, que ya no es la estrategia acertada: son simplemente inapagables. No es que sea un problema de nuestros sistemas de extinción, es que simplemente ningún sistema, ni el nuestro siendo uno de los mejores, puede. No hay más que ver como sistemas altamente dotados y profesionalizados, como el canadiense en British Columbia o el norteamericano en California, no pueden contener sus grandes incendios por segundo año consecutivo de récord histórico. Estamos ante un problema global, ante el que nos empeñamos a respondemos con miras locales.

La capacidad de extinción máxima que podemos desplegar puede sin problema con incendios de hasta 4.000 kW/m de intensidad de frente. De este valor el sistema con táctica y estrategia podría seguiría trabajando hasta 10.000 kW/m pero con problemas. Aun asi,  los últimos incendios de Portugal en junio del 2017 o Portugal y Galicia en octubre del 2017 superaron los 130.000 kW/m, a la vez que nos enfrontamos a incendios que consumen 100.000 ha día, 200 veces lo que se vienen considerando estadísticamente un gran incendio forestal. Son los Megaincendios.

Hasta 2017 podíamos todavía argumentar problemas locales o regionales, pero después del 2017 y especialmente del 2018 no podemos. Los eventos de incendios en la fachada atlántica del 2017 nos dejaron boquiabiertos por la velocidad, intensidad y drama civil que crearon. Asimismo, la campaña paneuropea de Norte a Sur y Este a oeste del verano 2018 no nos la ha dejado cerrar mostrando como el continente por primera vez tenía incendios activos sin capacidad de control des de las Islas Británicas a Ucrania y des de Suecia a Grecia el mismo día.

Los sistemas de extinción no pueden frenar este proceso que hemos construido entre todos nosotros y los cambios sociales y económicos que hemos atravesado los últimos 50 años. Mucho menos la aceleración que con la aridización de los veranos se ha iniciado.

Ha llegado la hora de aceptar que no podemos poner parches y que tenemos un problema de fondo. Al abandono y despoblamiento rural se le suma el cambio climático. Nuestros montes son continuos y cargados, pero además cada año sufren más estrés por la media en ascenso de las temperaturas, aspecto este que no deja de castigar nuestra superpoblada y desapdaptada ya masa forestal. Y esto hace variar poco a poco la proporción de vivo sobre muerto y por tanto la intensidad que el frente puede liberar, menguando paulatinamente nuestra capacidad de enfrentarnos a los incendios que se generarán, por muy capacitados o dotados que estemos.

Estamos ante un cambio global que está cambiando la faz de la tierra y nos guste o no también la de nuestros paisajes incluidos en este proceso. Y nosotros estamos luchando contra el cambio, intentando apagar llamas y atajar plagas que diezman nuestros bosques estresados por recurrentes y estresantes sequias y olas de calor. No queremos ver morir los bosques y lo queremos evitar. Hay que entender que un bosque fuera de rango climático necesita adaptarse y evolucionar, y las perturbaciones son su proceso natural de cambio, migración, abertura de espacios de regeneración y en definitiva evolución.

Nosotros tenemos la oportunidad de ser parte de la solución, si entendemos la ecología de nuestros bosques, el papel de las perturbaciones e intentamos ser parte del proceso, ayudando a nuestro paisaje a adaptarse al cambio. Las llamas no son solo el problema, son esta vez la parte visible de un proceso global. De cómo nos enfrentemos a ello depende ahora si el futuro de nuestro paisaje.

Hasta ahora nos hemos planteado siempre la extinción como una tarea defensiva de los valores y ecosistemas en nuestro paisaje. Ahora, delante del reto del cambio global, hay mucha más responsabilidad implícita en esa tarea. La manera como planteemos apagar los incendios y las políticas de incendios determinará el modelo de paisaje que quedará cuando el humo desaparezca. Nos guste aceptarlo o no, en estos momentos de emergencia tenemos que mirar la toma de decisiones más como un proceso creativo que crea paisaje. Si somos capaces de esto, seremos capaces de entender que lejos de vivir una emergencia de protección civil, estamos viviendo un momento de cambio que sin actividad en el paisaje por nuestra parte se está dando a golpe de perturbación que va abriendo el paisaje y le permite evolucionar y cambiar y lo que es importante: adaptarse.

Apagamos llamas para defender nuestros bosques porque queremos que mañana sigan ahí. Ese era el lema. Pero ahora nos defendemos como sociedad de los bosques que arden. En eso han mutado los incendios. Tenemos la oportunidad de darle la vuelta, tenemos la responsabilidad de recuperar el principio de la idea: mañana queremos bosque. Para ello hay que entender el drama actual, ecológico y humano de los incendios y empezar a aceptar el proceso de cambio y liderarlo, amoldarlo, gestionarlo, para que se dé a un ritmo aceptable para nuestra sociedad y nuestros ecosistemas forestales a la vez.

Nuestros paisajes tienen que ser estructuralmente capaces de no permitir incendios como los del 2017, así los sistemas de emergencias podrán apagar incendios y proteger valores de los ecosistemas y de la sociedad. Si no es así, no podremos parar nada y perderemos mucho, como hemos visto y sufrido en los recientes años 2017 y 2018. No solo ecosistemas, también vidas humanas y economías rurales y urbanas.

No hay tiempo para esconderse o esperar a que llueva, lo que hagamos es lo que tendrá influencia y dará forma al paisaje y los problemas de mañana.

Marc Castellnou es coautor del informe Cooperación transfronteriza en la prevención y extinción de incendios forestales en el Eixo Atlántico.