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La mujer en la política

La mujer en la política

Artículo de opinión de Mª Teresa Fernández de la Vega, presidenta del Consejo de Estado

Vivimos tiempos que necesitan de la política con mayúsculas; la política como instrumento de transformación que pueda mejorar la vida de la gente; la política como compromiso con la igualdad, con la ciudadanía; la política como requisito indispensable para conseguir una sociedad más justa en la que todas las personas puedan, en condiciones de igualdad, ejercer sus derechos.

La igualdad es una de las prioridades públicas más importantes, es un elemento constitutivo de democracia que afecta a la vida, a la dignidad, a los derechos de más de la mitad de la humanidad, y en consecuencia, es fundamental que las mujeres estén presentes, que lideren, piensen y decidan, tanto en el espacio privado como en el público, con iguales derechos y oportunidades que los hombres.

Pero es en el ámbito de lo público donde resulta inexcusable el trabajo de las mujeres; nuestro trabajo, porque es donde ese liderazgo, ese pensamiento y esa toma de decisiones tienen la capacidad de plasmarse en constituciones, leyes y en políticas públicas.

Aunque sea difícil de creer, la mujer todavía encuentra demasiadas barreras para formar parte del sistema de participación y representación política. A lo largo de los siglos se fue consolidando la idea de que la mujer debía ocuparse de los trabajos domésticos, de la familia, de los cuidados de los niños, de los ancianos, de los enfermos… trabajos que liberaban al hombre y le dejaban tiempo suficiente para educarse y dedicarse a los asuntos públicos, lo que pone de manifiesto que la sociedad, prácticamente desde sus inicios, fue estructurada desde un punto de vista machista con una visión cultural absolutamente excluyente que primaba lo masculino y subordinaba lo femenino.

Las cosas han cambiado mucho gracias sobre todo a la lucha infatigable de las mujeres por ganar su espacio, por conquistar sus derechos políticos, una lucha perseverante desde los albores del siglo XX, pero a pesar de ello, a día de hoy, siguen siendo muchos, tanto los estereotipos de género culturales, como los impedimentos educacionales, económicos y sociales que operan decisivamente como un freno a su participación política. Obstáculos que más frenan cuanto más alto es el cargo en el poder, donde siguen existiendo barreras ideológicas y estructurales. No hay más que echar una ojeada a las fotos de familia en la mayoría de las cumbres, foros y encuentros internacionales. La presencia de la mujer es minoritaria, cuando no nula.

En España, si bien es verdad que en el Congreso de los Diputados y en el Senado el nivel de representatividad política de las mujeres se encuentra todavía lejos de la paridad con unos porcentajes del 39,4% y 39,9% respectivamente, en los Parlamentos autonómicos se obtiene el mejor dato, ya que más del 45% de los escaños son ocupados por mujeres. Pero si nos detenemos en la política local, donde por diversos motivos socioeconómicos se hace más difícil la presencia de mujeres, podemos observar que la igualdad en participación política entre mujeres y hombres está muy lejos de conseguirse, basta con fijarse en el dato del porcentaje de alcaldesas que, a duras penas, alcanza el 19%.

A pesar de todo, a la vista de las cifras, podemos decir que las mujeres españolas hemos avanzado mucho en este terreno en los últimos treinta años. De hecho, hemos avanzado más que en toda nuestra historia.

Y uno de los avances más significativos se consiguió gracias a la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres, una Ley que generó polémica porque recomendaba la paridad, fijando en no menos de un 40% ni más de un 60% la representación de cada sexo en las listas electorales para acceder a cargos públicos. Era evidente que esta medida no garantizaba el acceso al poder a las mujeres pero les daba visibilidad y establecía un punto de partida y, haciendo balance tras más de diez años, parece demostrado que era una ley muy necesaria.

Conviene recordar que desde la transición, solamente un Presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, configuró un gabinete del que tuve el honor de formar parte, con igual número de mujeres y hombres. En el resto de gobiernos, se dice pronto, o no hubo presencia de mujeres, o nunca llegaron al 50% de su formación.

Sin embargo, este mismo año de 2018, España ha hecho historia con la composición de un ejecutivo en el que 11 de los 18 cargos, incluido el Presidente, son mujeres. Estamos hablando de que el Presidente Sánchez ha formado un gobierno con 11 ministras y 6 ministros, es decir, con una representación femenina por encima del 64%. Estamos hablando del gobierno con más mujeres de Europa, incluidos, por supuesto, los países nórdicos siempre a la vanguardia de las políticas de igualdad, y estamos hablando, ni más ni menos, del gobierno con más mujeres del mundo.

Además, el Presidente ha respondido de una manera muy comprometida e inteligente, no solo a la paridad, sino también a la llamada de igualdad que formalizamos miles de mujeres en las multitudinarias manifestaciones y movilizaciones sin precedentes del 8 de marzo, ya que ministerios que agrupan áreas de gran trascendencia, tradicionalmente reservados a los hombres, han pasado a ser dirigidos por mujeres muy competentes, con mucho talento, con mucha experiencia contrastada, que estaban ahí. Porque hay que decir, que aunque la sociedad patriarcal evita poner en valor nuestro trabajo, las mujeres siempre estamos ahí. El éxito histórico del 8 de marzo, no dejó indiferente a nadie y demostró que la sororidad forma parte ya de la práctica que nos permite seguir avanzando. Los movimientos feministas de un año a esta parte suponen un antes y un después en la lucha por la igualdad que pasa por conseguir espacios donde participar políticamente, desde luego que sí, pero que pasa sobre todo, por intervenir en la toma de decisiones.

Porque lo importante no es llegar a formar parte del ejecutivo, o llegar a obtener un escaño, lo importante, el objetivo fundamental es influir en los asuntos públicos, participar en la elaboración de políticas que mejoren la vida de los ciudadanos, que consigan mejoras para las mujeres, y que abran caminos a las que vienen detrás.

Por eso nuestra participación en la política no solo es una cuestión de cantidad, sino también de calidad. Nuestra forma de hacer política es y debe ser diferente de la forma en que la ejercen nuestros compañeros, pues en cada uno de los cargos de responsabilidad que se ocupe, hay que trabajar para que la perspectiva de género habite en todos los espacios. La igualdad y la defensa y extensión de los derechos de las mujeres deben ser la corriente que siempre fluya.

Nos encontramos en un cambio de época para el que ya no sirve la mirada incompleta, solo de los hombres, con la que se han enfocado problemas que son de todos. Es hora de que la mirada, la perspectiva y los valores de las mujeres, distintos, como bien decía Virginia Woolf, de los de los hombres, dejen de estar subordinados, sometidos y desterrados al mundo de lo privado, mundo que, por otro lado, no puede depender única y exclusivamente de la dedicación de las mujeres.

Desde hace mucho, demasiado tiempo, solemos acabar este tipo de reflexiones sobre la igualdad diciendo que, a pesar de los avances, queda mucho camino por recorrer. Es cierto, pero está claro que algo se mueve, algo está cambiando en la ciudadanía, porque el aire nuevo que la lucha por la igualdad aporta, va llenando todos los espacios. Lo estamos viendo día a día y más pronto que tarde lograremos la equiparación de derechos entre mujeres y hombres.

Juntos, conseguiremos una sociedad más diversa y más justa.