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De espaldas al monte

De espaldas al monte

Artículo de opinión de Carmen López, abogada y ex presidenta de AJE Galicia

"Los que ayer fueron bosques y selvas de agreste espesura, hoy son áridas lomas que ostentan deformes y negras sus hondas cisuras" con esta pesimista sentencia reflejaba Rosalía de Castro, más de cien años atrás, la devastación de nuestros montes.

Los incendios de finales de febrero han vuelto a traer a nuestras retinas las imágenes del fuego consumiendo aquellos pulmones que fueron para nuestro país sustento, alimento y, lo que es más importante, identidad.

Reconozco que soy de las que disfrutan cada palmo de esta tierra como paraíso que es, especialmente aquella que representa tan bien la magia de lo nuestro, bien es cierto aquello que dice que "la belleza está en el interior", y en este caso en un interior al que últimamente miramos menos de lo que se merece. Pero cada vez que vuelvo al asfalto del día a día lo hago con la incertidumbre de no saber si los parajes que tanto nos han dado, una vez que pase el verano, habrán sido sustituidos por las estampas negras y humeantes que se han convertido en habituales.

Incendiarios a parte, la causa de esa Galicia negra es una y muy clara, hace años que hemos decidido vivir de espaldas al campo, a los bosques y a todo aquello que no represente la modernidad mal entendida, porque lo cierto es que el bosque arde, principalmente, porque lo hemos abandonado y los responsables somos todos. El dato es contundente, el 97% de los bosques y montes de nuestra comunidad están en manos privadas, la mayoría de ellos sin limpiar.

Sobra decir todo el potencial que se acumula en nuestra tierra, valientes emprendedores y emprendedoras se afanan en demostrar el valor añadido de los productos que salen del interior de nuestros lindes: Grelos y setas que llegan a los principales mercados de Europa, árnica que se transforma en productos de cosmética, plantas medicinales, la industria forestal o ganadera... La lista es interminable, el campo nos regala riqueza y nosotros nos convertimos en su peor enemigo, obviando siglos y siglos de relación pacífica y provechosa.

Preguntemos a aquellos que continúan apostando por el rural los problemas que tienen cada vez que intentan ampliar la extensión de sus cultivos o de sus prados con parcelas colindantes. Es la manifestación de la curiosa relación que tenemos en Galicia con la tierra, estamos dispuestos a pelear por ella, aunque sea para abandonarla, y mientras tanto seguimos dejando que arda, sintiéndonos libres de responsabilidad desde la lejanía de las ciudades en las que nos hemos ido asentando.

Es inevitable, no se puede obligar a nadie a vivir en dónde no quiere vivir, o a renunciar a estar cerca de aquellos núcleos en dónde hoy, nos guste o no, se generan la mayoría de los puestos de trabajo, pero sí podemos reflexionar sobre la participación que, de una forma u otra forma, tenemos en el hecho de perpetuar un minifundismo endémico que ha lastrado nuestra economía.

O algo cambia, o dentro de unos años, muchos de los propietarios de ese 97% de nuestros montes no sabrán ni siquiera identificar sus parcelas y entonces habrá difícil solución, entonces solo quedará maleza y combustible para las llamas.