Bajo las popas de la miseria
Artículo de Opinión de Abel Veiga, profesor de Derecho Mercantil de la Universidad Pontificia de Madrid
La mar, siempre la mar, aferrada en sus golpes de vida y muerte a la esperanza. Incluso en la muerte. Una imagen vuelve a mostrarnos el lado más humano y a la vez dramático de la migración. Tres hombres viajan once días, con sus once noches a la intemperie de su suerte, sentados en un reducido y vertiginoso espacio, la pala del timón de un buque, bajo la popa de un petrolero. Nigeria y Canarias. Punto y destino. África y Europa. Dos mundos. Realidades dispares, pero un mismo sueño. Apenas medio metro les separa de la voracidad de la mar. No hay más espacio que el infinito de soñar con una vida mejor. Hacinados en un remoto espacio donde la vida pende de un minúsculo y anodino hilo. Donde nadie sabe nada, donde la tragedia masculla sus ansias más irrefrenables. Toda una odisea. Riesgo ya sin límite ni medición. Mar abierto. Oleaje inhóspito. Todo se envuelve en una noche sin claroscuros, la que separa la meta, Europa. Otra vida, siempre infinitamente mejor que lo que dejan atrás aunque aquí nadie les espere con oportunidades. Al contrario. Solo un adjetivo: ilegal. La clasificación más inhumana y atropellada como la de los muros y verjas que levantamos. Nosotros, la rica Europa. La misma que atropelló y arrasó en el pasado y no tan lejano.
A ellos no les hablemos de cifras económicas, de paro, de inflación, de deuda, de hipotecas, de vulnerables, de mundiales de fútbol, hablémosle de lo humano, de solidaridad, de esperanza, de sueños que pueden ser realidades. Pero este idioma es mezquino y cansino a la vez. Y nadie quiere aprenderlo en los tiempos del relativismo más vaciado que podría existir. Vacío incluso de sinsentidos.
Han llegado vivos, deshidratados. Pero lo han logrado. Once días cruzando unos de los mares -océano- más duros que existen. Esta vez han ganado a la mar. Otras, sabemos que no es así, e ignoramos cuándo se cobra su tributo. A muchos la mar los devora incluso antes de nacer. La mar de la miseria, de la pobreza, incluso de los sueños. Acaso, ¿quién ha dicho o sentenciado que un niño no pueda tener sueños? Y entonces ¿quién se los roba y por qué?
Sí, claro que sí, la vida es cruel, injusta. Injustamente cruel. Cuántos cadáveres llegan a las costas, cuántos en los cayucos, cuántos engulle un mar sin alma ni memoria, sin lamento ni crujidos. No puede haber mayor desolación, angustia, incluso rabia cuando son incluso bebés los que pagan ese tributo. Rabia humana por la incomprensión de la tragedia ante una desgracia tan humana como inocente y donde algunos trafican y otros miran hacia otro lado. Sí, inocente. No hay palabras que lo expliquen ni consuelo. Siempre es la misma letanía cansina y sórdida. Pero no, no se preocupen. No habrá manifestaciones. Ni banderas pro derechos, pro sueños ni pro migraciones. No cuentan. No se ven. Los hemos hechos sumamente y superfluamente pero conscientemente invisibles en nuestras vidas, corazones. No, no lloramos de este lado. No imploramos o suplicamos o quizá, rezamos por ellos. Nunca lo hacemos, a lo sumo es carnaza de noticia. Ahora nos sorprende el lugar inhóspito donde tres seres humanos confinan su esperanza bajo la popa de miles de miserias. Pero en África,, donde muchos de nosotros ni siquiera seríamos capaces de situar en el mapa ni pronunciar o saber la capital o alguna de sus ciudades de muchos países pobres, no hay guerra, hay miseria, pobreza, exclusión, y sí, muchos sueños de huir hacia Europa y buscar una vida mejor, esa misma que nuestros abuelos y bisabuelos buscaron hace décadas o un siglo allende el mar o por esa Europa desvencijada tras el odio de los nacionalismos y la guerra.
En la retina tanta inocencia robada, tantos cuerpecillos inermes, frágiles, rotos por la cruda realidad que quizá, abofetea con más inquina y desgarro al débil, al pobre, al inocente. Buscan alcanzar la orilla de esa Europa en blanco y negro, sí, sin colores, porque la pobreza solo tiene un color, no como los sueños que nunca se alcanzan. Las pateras, las embarcaciones, que tanto dolor deparan y tanta esperanza insuflan a la vez, a veces logran ser remolcadad tras perderse en la alta y lejana mar embravecida de miles de historias de vida y muerte que a lo largo de los siglos aguijonea nuestras conciencias. Otras sucumben al oleaje y el voraz apetito de ese mar inmisericorde.
Hace unos meses en Arguineguín nos sorprendimos con aquél bebé malinense, Nabody del que ya pocos se acuerdan. ¿Cuántas Nabodys existen o se cruzan por nuestras vidas sin que seamos capaces de ver, de sentir, de compadecer, de actuar? No, no vale el lamento ni el mirar hacia otro lado, el esplendido lado de la indiferencia y la soberbia hipócrita. El drama humano de la migración es real, está aquí. No seamos ciego viendo. No pretendamos mentirnos a nosotros mismos. Mañana habrá otros nombres, otras imágenes. Mientras impertérritos, asistiremos atónitos a ese fogonazo de realismo, pero sin querer entenderlo y verlo.
Vemos sin querer ver, pero no observamos. Escuchamos oyendo pero sin estar dispuestos a comprender. Lo ajeno no nos duele en esta sociedad donde todo lo trágico es obviado y donde el dolor y desgarro es amnesia. Silencio y amoralidad.