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Una Europa sin fronteras, solidaria y eficaz

Una Europa sin fronteras, solidaria y eficaz

Artículo de opinión de Eduardo Junco, ex embajador de España en Lisboa, sobre el futuro de la Unión Europea

Para quienes nacimos en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando Europa era solo divisiones, sometimientos y ruinas, la decidida voluntad de algunos franceses y unos cuantos alemanes de construir un futuro común para todos los europeos ha sido, sin duda, una ilusión poderosa y ampliamente compartida, una ilusión que ha constituido uno de los hilos conductores de nuestras vidas, de la vida de millones de europeos que entendieron, desde un primer momento, que un futuro mejor que aquel presente solo podía nacer de una Europa sin fronteras, solidaria y eficaz en lo social, potente y decisiva en lo económico, avanzada y ejemplar en las relaciones con el exterior. Y ese fue durante muchos años un sueño para muchos y una meta para unos pocos, para aquellos que ya en los años cincuenta razonaron que una Europa en paz solo se podría lograr si se encontraba solución a las tensiones y los enfrentamientos internos construyendo un futuro común centrado en instituciones democráticas y en exigentes principios de libertad para cada uno y respeto por los demás, unos objetivos que han sido, durante la segunda mitad del siglo veinte, la locomotora del tren que debía llevar nuestras vidas a un mundo mejor. Desde entonces, en poco más de sesenta años, Europa ha realizado una revolución profunda en sus sociedades nacionales y en sus dirigentes. Hemos puesto en común la moneda y la defensa, hemos aceptado una legislación y unas instancias judiciales comunes y hemos formulado una política exterior unificada, por señalar tan solo las cesiones de soberanía más relevantes. Así, hemos creado un espacio común que va desde el Atlántico a las fronteras de Rusia, y desde el Ártico hasta el Mediterráneo, cubriendo esa península del continente asiático que ha sido el hogar común de los europeos desde hace treinta siglos. Y los habitantes de este ámbito europeo hemos aceptado, de alguna manera, reconocer el liderazgo y la capacidad de decisión de los políticos electos en otros países, sin nuestro voto directo. Si la primera mitad del siglo veinte en nuestro continente fue el tiempo de las guerras mundiales, de los autoritarismos y de las limitaciones en el comercio mundial, la Europa nacida al compás de la Unión ha sido un tiempo de paz, de democracia y del libre comercio.

La construcción de la Unión Europea es, sin duda, el elemento de inteligencia política y de éxito social que marcará la historia del mundo de estos tiempos. En ningún momento o geografía de la historia de la humanidad se ha intentado con tanta fuerza y con tanta generosidad construir una estructura que unifique desde la confianza y hacia el futuro lo que ha sido, durante siglos, desde la Edad Media, una estructura estatal nacionalista y divisiva, reiteradamente marcada por guerras entre hermanos de una profunda crueldad. Ese pasado ha sido reemplazado por estructuras de colaboración y de solidaridad entre los ciudadanos, entre los pueblos de Europa, sus Estados y con nuestros vecinos. Compartir, dentro y fuera de nuestras fronteras, la riqueza y las capacidades que se generan ha sido el elemento director de la construcción de una Europa Unida. Y este camino, para mejor valorarlo, no se ha hecho en tiempos de bonanza, muy por el contrario. Se partía de una Europa destruida, en la que tanto las capacidades humanas de vencedores y vencidos, como las industrias y las infraestructuras estaban en ruinas. Se partía de una Europa dividida, física, cultural e ideológicamente, entre dos sistemas incompatibles y que anunciaban su mutua destrucción en nuestro suelo. Una Europa atrapada, por mitad, en el juego de las dos grandes potencias hegemónicas, donde no había espacio para disidencias o tibiezas.

Sobre estas bases hubo que construir el futuro, y solo la generosidad y la clarividencia de una generación de hombres de Estado, de líderes sociales, de economistas y de emprendedores hizo posible una sucesión ininterrumpida de hechos extraordinarios, el primero de todos la reconciliación de los dos grandes países del occidente en el continente, Francia y Alemania, que después de tres “grandes guerras” en el espacio de unos pocos años, supieron poner a su frente a políticos de talla extraordinaria. Políticos que supieron encontrar la reconciliación entre nuestros países, pero también dar solución a la “cuestión colonial”. Y diseñar y hacer aceptar el éxito de lo que se llamó el “mercado común”, la libre circulación de bienes, personas y capitales, un paso que vino a borrar de nuestras mentes el concepto del europeo extranjero. Y, de igual manera, asegurar la estabilidad política, social y económica de los tres países del sur de nuestro continente que habían sido una herida sangrante durante más de un siglo. Pero el envite de mayor calado llegó con la desaparición del sistema soviético, cuando nuestros dirigentes tuvieron que encontrar las fórmulas y la financiación para, en un primer momento, integrar las “dos Alemanias” y resolver la terrible guerra civil en los Balcanes, para luego abrir la Unión a los habitantes de aquellos países que, en el Este del continente, habíamos dejado de tener por nuestros conciudadanos. Y en los últimos años, ya en este siglo veintiuno, una profunda crisis económica y financiera que ha sacudido sin piedad tanto las instituciones comunitarias como las de cada uno de los países de Europa, y lamentablemente, afectado gravemente la estabilidad personal de muchos europeos y de sus familias. Como se puede ver, una tarea ingente que se ha realizado enfrentando problemas y situaciones que, en cualquier otra circunstancia, hubiesen sido resueltas con el siempre fácil recurso a la violencia y la imposición.

Por ello, cuando ahora oímos hablar de las dificultades actuales de la Unión, dificultades que existen y que tienen que recibir solución, cuando oímos hablar del brexit, de la amenaza islamista, de las tensiones sociales en nuestros países, de la crisis de los refugiados o de las dificultades en nuestras fronteras parece que, tomando como referencia el pasado, deberíamos dejar de dramatizar la situación de la Unión y obligarnos a encontrar en nuestra clase política, en la clase política de todos nuestros países, a aquellos hombres y mujeres que sean capaces de volver a ilusionarnos, de volver a dar a la idea de una Europa unida y solidaria la primatura social que tuvo en los años pasados, alejando de nuestros gobiernos y parlamentos los fantasmas del populismo y la xenofobia. Ese fue el camino del éxito de la Unión en tiempos ciertamente mucho más difíciles de los actuales, y, sin duda, ese será el camino que devuelva a esta parte del mundo a la frontera del futuro y al liderazgo moral y cultural de la humanidad.