La Unión Europea y los ciudadanos
Artículo de opinión de Alfredo García Rodríguez, alcalde de O Barco de Valdeorras y vicepresidente del Eixo Atlántico
Hace ahora 60 años se creaba la Comunidad Económica Europea, con un amplio consenso por parte de los países promotores y de sus ciudadanos. La primera ampliación de la Unión Europea consiguió también el apoyo mayoritario tanto de los ya integrantes de la UE como de los que se incorporaban a la organización europea. Pero el paso del tiempo y, sobre todo, la crisis económica que sufre Europa desde hace casi diez años han provocado la aparición de cada vez un mayor número de euroescépticos.
Aunque siempre ha habido contrarios a la UE, esa crisis económica ha generado otra, de tipo político e ideológico, que ha calado profundamente en los ciudadanos. Hasta hace unos años la Unión Europea era percibida como una entidad que podía ser útil para terminar con las diferencias entre los países que la integran. Hoy es concebida como una organización que ha impuesto drásticas políticas de ajuste económico a todos sus miembros y ha dejado de velar por el bienestar de las personas. Estas medidas, lejos de solucionar la crisis, han contribuido a ahondar todavía más las diferencias entre las naciones que componen la Unión Europea, han demostrado las debilidades del sistema, generado una crisis institucional sin precedentes y, sobre todo, han empeorado la situación de muchas familias.
El papel de la UE, si realmente quiere ser importante para los europeos, debe ser el de atender a todas aquellas cuestiones que pueden influir de forma decisiva en el futuro de las personas. Mientras el euro parece ser lo único que ha calado en los ciudadanos, se hace necesario conseguir que, teniendo siempre presentes las particularidades de cada uno de los países miembro, la Unión Europea desarrolle una política común en aquellos ámbitos que pueden influir en mejorar la calidad de vida de los ciudadanos y evitar las desigualdades que hoy siguen existiendo.
La austeridad y la toma de decisiones teniendo en cuenta solo los mercados no va a contribuir a lograr un mejor futuro para los vecinos de todos los países de la UE. Si lo hará una legislación fiscal común, en la que no se den diferencias como las actuales. También la unificación de criterios en el sistema educativo, la sanidad o la doctrina laboral. Y es imprescindible una política exterior común, para evitar divergencias tan acusadas como las evidenciadas por los países miembro en diferentes conflictos.
La imposición de las políticas de contención, auspiciadas por los poderes económicos, ha dejado claro que la UE ha dado la espalda a los ciudadanos, olvidando su objetivo de velar por su bienestar y provocando, en cambio, la drástica reducción –cuando no eliminación- de logros sociales ya consolidados. La crisis de los refugiados es un claro ejemplo de la situación actual en Europa y del fracaso de las instituciones europeas, incapaces de llegar a acuerdos comunes ante un drama humano de gravedad.
Lograr unos Estados Unidos de Europa, con un gobierno fuerte y con políticas comunes en los temas importantes, sería la única posibilidad para conseguir evitar la cada vez mayor desafectación de los ciudadanos para con las instituciones europeas. Los políticos tienen la responsabilidad de hablar y dialogar, de buscar y encontrar una base común para aquellos temas que afectan de forma directa a la vida y el futuro de sus ciudadanos, sin que eso sea incompatible con la defensa de la solidez económica de la UE. Deben buscar soluciones en las que las personas sean lo más importante, que, en definitiva, vuelvan a ilusionar a los europeos respecto a una Unión que cada vez merece menos confianza.