Europa, entre la resaca y la parálisis
Artículo de Abel Veiga Copo, profesor de la Universidad Pontificia de Madrid, sobre el futuro de la Unión Europea
Europa, ¿qué papel quieres en el mundo? Un mar de dudas impregna ahora mismo a Europa. La misma que trata de no sucumbir entre la desafección y el desencanto de un lado, la demagogia y el populismo más nihilista del otro. A sobresaltos. Así es la radiografía más plana y certera de los últimos años. Aupada en una especia de montaña rusa donde la distancia con los ciudadanos es enorme. La resaca quizás es peor por atemporal que el propio temporal. La atemporalidad de una incertidumbre manifiesta. Donde la rabia sigue a la incredulidad, donde el falso abatimiento no comprende quizás como se ha generado todo este muro de insatisfacción, hastío hacia la Unión. Si hace ya medio año diecisiete millones de votos han llevado a los británicos a propinar el portazo más grande de su historia, los próximos meses serán duros para marcar los límites y contornos de aquella “desconexión”. Holanda y Francia ya han votado. Falta Alemania. La extrema derecha ha sido contenida. Pero su crecimiento es enorme. Nadie asume liderazgos. No es tiempo quizás de ello. Tampoco de rumbos, marcar rumbos, ni en lo económico, ni en lo social, menos en lo político. Austria se ha quedado en un susto. La antorcha del nacionalismo, del autoritarismo, de la xenofobia prende con fuerza y se ha dado cita en las urnas. Sonríen los que creen que han derrotado a la bestia. La hidra. Pero puede ser una victoria pírrica. Aparente, solamente parcial en el tiempo. O cambia el rumbo o todo es susceptible de empeorar.
Europa tiene hoy el pulso más débil que nunca. Dónde está Europa y qué Europa quieren los ciudadanos es una de las mayores incógnitas en el momento actual. La que quieren sus actuales dirigentes, una mera incógnita entre la pasividad y la desazón. La espalda a un futuro común por la preferencia individualista y cortoplacista de no pocos estados y la mediocridad ante la ausencia de liderazgo. Una Europa fracturada, unos políticos exangües y raquíticos intelectualmente. Pero es lo que hemos tejido, forjado y esculpido de modo consciente.
Se acaba una manera de entender Europa, la que quiso incluir, abarcar y atrapar a toda ella. Aunque límites y fronteras hacia el este. Esa vieja y rica Europa, henchida de orgullo, cosidos sus jirones por la historia. Historia de guerras, luchas, ilusiones, paces, mitos y utopías. Una Europa multicultural, pero sin identidad única. Una Europa tan dispar como diversa, pero también distante y diferente entre sí y los suyos. La Europa que una vez tuvo sueños, utopías, y hoy sin embargo es capaz de levantar de nuevo vallas y muros. La Europa que no hace mucho fue reconstruida con la mano y de la mano y sudor de millones de inmigrantes, tras la devastación, tras la guerra, tras el odio y la sangre derramada. Demasiada sangre en el siglo XX, de comienzo a fin, desde la Rusia zarista a los Balcanes. En medio dos terribles guerras, más civiles y étnicas. Las que forjaron sin duda la mentalidad presente. La nuestra y la de nuestros directos antepasados. Las que crearon un espacio de libertades y oportunidades como nunca se había siquiera soñado y nadie trazado en su imaginación y tinta. Esa Europa que hoy sigue encallada en su maniqueísmo y egoísmo insolidario. Esa Europa que es un remedo de lo que fue tan sólo veinte años atrás. Convulsa y estancada a un mismo tiempo.
Esa Europa y ese constructo del que hoy algunos pretender dinamitar más por orgullo propio y personal que por convicción. La Europa distante de sus ciudadanos y a la que el papa Francisco evoca retórica y metafóricamente con un interrogante envolvente, sugerente, pero a la vez evidente, "¿Qué te ha pasado?", qué fue de aquella otra Europa. La Europa que hoy es incapaz de ser, ya no de soñar, de compartir, de solidarizarse. Es en cambio un no ser en una huida hacia delante insolidaria y egoísta. Una Europa perdida, sin rumbo, sin liderazgo, autómata pero también autista. Indiferente. Sin identidad. Un querer no ser, un empeñarse en no ser.
El golpe británico es un mazazo brutal que debe despertar la atonía en que está inmersa la propia Europa. La que debe adentrarse en sus entrañas, buscar en sí misma, mirarse a su espejo. Saber hacia donde quiere ir y con quién. Ahí radica la clave de la supervivencia. Cuidado con los que vacuamente dicen más Europa pero no saben qué Europa ni como más.
Deben activarse cuanto antes los desenganches con Reino Unido. Hay que cicatrizar la herida, pero sobre todo taponar la hemorragia que los nacionalismos, los populismos y la xenofobia ha alimentado los últimos años. De lo contrario la resaca no se irá. Bruselas no puede negociar una salida dulce ni fácil del país que se separa. Tiene que marcar las líneas rojas, el futuro y las transacciones con meridiana claridad y contundencia, o el constructo se derrumbará en cuanto algún país haga lo mismo.
Es la hora de Europa, la que de verdad y los que en verdad quieren avanzar. No más paños calientes ni miseria de liderazgo como la que hemos vivido esta década. Una Europa que no sólo ha perdido parte de su alma, sino también empeñada en ofrecernos una economía líquida, especulativa, corrupta. Una economía de intereses, pero distante, y donde lo social queda completamente subordinado. Que no quiso ver los riesgos, ser averso a los mismos, analizarlos. Que construyó un castillo sobre una arena humedecida de la especulación, la corrupción, el cortoplacismo. Que prefirió ser amnésica voluntariamente y supeditó lo de muchos a unos pocos. El constructo erró. Qué Europa queremos y hacia dónde y con quién queremos ir?, ¿qué Europa soñamos? La de los ciudadanos, no la de las élites, no las de las instituciones abigarradas pero sin alma. Tal vez se ha ido demasiado deprisa, distante de una ciudadanía que siente lejano el horizonte de un sueño. Distintas velocidades, distintos intereses, distintos liderazgos no siempre en clave holística, sino soberana, particular. Las crisis no son malas per se; al contrario, ayudan a avanzar desde la reflexión, el sosiego y el sentido común, mas, eso sí, siempre que se tenga claro hacia dónde se quiere ir.
La construcción europea ha avanzado a impulsos, unos impulsos jalonados de desencuentros, de tiempos de crisis, si bien no tan lacerante ni persistente como la actual. La Europa de las élites se halla distante en este momento de la Europa real, atrapada en inextricables problemas de decisión, valentía, liderazgo y una visión clara de cómo salir de esta crisis económica, social, política y de valores. Aunque estos son, como en todo, los paganos que importan más bien poco. Incapaz de cerrar la brecha abierta entre Norte y Sur y la respuesta a la crisis económica y financiera sobre todo de los países periféricos del Sur. Desilusión y desafección. Desencanto y distanciamiento. Los vehementes entusiasmos hacia la Unión hace tiempo que no se prodigan, tampoco los liderazgos. Hay una oportunidad, la resaca debe dejar vernos con nitidez. Sin prisa pero sin pausa. Con decisión y firmeza. La gran oportunidad para salir del impasse reinante. Pero más que nunca son necesarios los liderazgos, mas también el realismo, el pragmatismo, tomar el pulso de una Europa más distante que nunca de sus propios ciudadanos.
El gigante económico con pies de barro no termina de ser un actor global, siquiera local, que a las primeras de cambio sufre las embestidas de sus nacionales, pensemos en Irlanda hace unos años, o la propia Francia con los referendos del siempre mal explicado y apresurado conato de Constitución, pero también en la situación griega. Nunca en más de dos décadas se ha votado en clave europeísta y donde los desapegos a gobiernos y políticas nacionales lo acaba pagando la apuesta hoy descreída de una Europa que no derrocha la pasión de otrora. Las carencias y deficiencias en la construcción europea a espaldas de la ciudadanía y al albur y capricho en demasiadas ocasiones de primeros ministros que al poco abandonan la arena política acaban fagocitando una imagen indirecta y anquilosada de lo que significa la Unión. Algo más que mercantilismo puro, esclerosis funcionarial y administrativa y centro neurálgico de lobbys de toda clase e índole, Europa es y debe ser algo más, como quizás ha llegado el momento de reinventar esa Europa hoy timorata y recelosa de sí misma y de los avances y conquistas que durante más de medio siglo han asombrado al mundo y a los propios europeos.
La resaca debe hacernos pensar. Vigorizar la creencia en un proyecto que cumplió hace apenas mes y medio sesenta años de vida. Los mejores sesenta años de Europa con la paréntesis de los Balcanes en los noventa. No es tiempo de tribulaciones, sino de liderazgos. De saber hacia donde ir y sobre todo, con quién ir. Ese es el gran reto que hoy tienen, tenemos, los europeos. No cabe menos Europa, tampoco una vuelta al soberanismo ciego, unilateral y reduccionista. Esa Europa ha de ser una Europa social, una Europa de bienestar y libertades, donde el protagonismo, el individuo, el ciudadano, no puede quedar ni activa ni pasiva, ni voluntaria ni involuntariamente relegado del proyecto. De lo contrario no se forjará una identidad. Esa ha sido la gran espina de España, las dificultades de articular una identidad nacional, amén de política. Europa no puede permitirse caer en ese error.