Aquella y esta libertad sin ira
Artículo de Abel Veiga Copo, profesor de la Universidad Pontificia de Madrid, sobre los 40 años de democracia en España
La gran epopeya. De cómo un pueblo transitó desde la dictadura y la falta de libertades a una democracia plena. De un larga noche de piedras y silencios, que no olvidos, a un amanecer de esperanza, de realidad, de libertad. Esa es la historia de una sociedad y unos políticos que, por vez primera en siglos, supieron estar a la altura de las exigencias y de lo debido. Frente a la ruptura, reforma. Frente a la revolución y el radicalismo, consenso. Frente a la intransigencia, respeto, pluralidad, tolerancia, convivencia. Frente a la imposición, negociación. Frente al desaire y el peligro de involución más democracia, más libertad. Frente al miedo, un grito de democracia y valores. Frente al odio y la trinchera, la palabra, el diálogo, la mano tendida.
Esa es y esta fue nuestra libertad. La que conquistaron nuestros padres y abuelos hace ahora cuarenta años. La que se basó en dos pilares, estabilidad y gobernabilidad. La que hicieron las élites políticas, y que a veces, llevaron también a categoría de mito. La que primero diseñó nuestro marco de tolerancia y libertades, la que necesitó consolidar éstas, para luego llevar a nuestro país a la normalidad europea. A romper de una vez por todas con esa sempiterna excepción a Europa, España, la que tanto denunciaron Madariaga, Ortega y tantos y tantos otros.
Han pasado cuatro décadas de aquellas elecciones. Cuarenta años tras casi otros cuarenta desde las últimas elecciones de aquél convulso febrero de 1936. Elecciones éstas ultimas tan tergiversadas como espoleta de todo y para todo tan magistralmente retratadas en reciente ensayo. Pero en 1977 los españoles sabían donde estaban, conocían donde querían ir aun sin saber los caminos y desde luego tenían claro donde no volver. Esa es y fue la gran lección de un pueblo que pensó en clave colectiva y no antagónica por vez primera en casi dos centurias. Siglos de garrotazos, de odios, de traiciones, de sables, de dictaduras, de revoluciones y revueltas, de involución y atraso, de decadencia y miseria moral y real de un pueblo acomplejado y perdido en las polvaredas de la historia. Primero fue la política, el acuerdo, la búsqueda del diálogo, el riesgo, pues no fue fácil convencer ni legalizar a los comunistas, ni tampoco que buena parte del búnker se hiciera el harakiri. Luego fue la planificación legislativa y política para desmontar el régimen y sus estertores agónicos, para finalmente convocar para el 15 de junio lo más grandioso que tiene una democracia, la libertad de elegir a nuestros representantes.
Y en medio un hombre, una figura única, Adolfo Suárez. Un hombre único e irrepetible para un momento igualmente único e irrepetible para España. La historia de una España hasta ese momento siempre convulsa y exaltada. Un hombre al que el Rey de España confió el destino de este país quejumbroso, y en cierto modo, confió el suyo propio. Dos hombres excepcionales para una transición que ha sido modélica en muchos ámbitos al igual que generosa y confiada. Un político de carne y hueso, un hombre prudente y sereno, pero político con instinto, fuerza y un coraje extraordinario. Sólo en los momentos de debilidad, de incertidumbre, de miedo son capaces de emerger figuras con carisma, con audacia, con coraje y un ímpetu y una fuerza moral extraordinaria. La historia no es caprichosa, es simplemente sabia.
Hace cuarenta años España iba a pasar una página de su historia y abrir otra incierta, insegura y titubeante. Sólo un año después, tras aquél histórico, valiente y contundente discurso del Rey en Washington, la gran piedra angular de la transición democrática española sería colocada ante el escepticismo de muchos. Adolfo Suárez pilotaría ese proyecto, el más extraordinario que jamás haya conseguido la clase política española en toda su historia. Desde el primero al último, desde el jefe del estado al último ciudadano, arrimarían su hombro a esta epopeya colosal que sólo la miseria y lacra del terrorismo robarían tímidamente esos años el brillo y esplendor que tuvo. Aquella era otra clase política. Otros retos, otras ilusiones, otras formas. Sabíamos a dónde no queríamos regresar. Las amenazas muchas, las afrentas, casi todas, desde los viejos estamentos, desde las ideologías más radicales y el inmovilismo de una parte.
En estos tiempos en los que el ser humano ya no es centro de nada, siquiera de compasión, donde las sociedades se adormecen en su propia pasividad e indolencia, donde los valores sucumben y las ideologías se evaporan, donde la nada y el todo ni siquiera se sabe realmente qué significan, donde la memoria y la objetividad se sojuzgan y reescriben al calor de cierta hipocresía cuando no burdo fariseísmo, donde las palabras pierden su sentido y la semántica se pervierte, la imagen, el recuerdo, la presencia seductora y afable de aquel hombre todavía cobra mayor vitalismo, mejor simbolismo. Hace casi diez años una imagen nos evocó con cierta tristeza, pero con un respeto y recato absoluto, a esos dos protagonistas de nuestra transición, de espaldas, el Rey paseando por el jardín de los silencios emotivos y los recuerdos que ya no existían con Adolfo Suárez, -el hombre que supo encontrar la concordia que tanto hacia falta en momentos de tanta incertidumbre-. Una imagen que debe hacernos reflexionar, mirar al pasado y pensar en este presente tan taimado y procaz, displicente y hosco al que nos aboca la clase política de hoy. Una clase que fustiga y hastía la política, profesional de unas coreografías y un marketing donde nada se deja al margen y sí en cambio al ciudadano y una sociedad indolente y pasiva. Hubo otro gran protagonista, el pueblo español, su totalidad, su soberanía. Libres de miedo, de ataduras y de odios funestos. Libres de ira, de rencores furibundos y de venganzas. Libres, sin más adjetivos. Y hoy, perdidos en la decadencia de una manera de ejercer la política, la palabra y el diálogo, emerge como un gigante de la historia la figura de aquel abulense presidente del gobierno. La voz de la concordia se enmudeció hace mucho tiempo tras los laberintos oscuros de la propia memoria. Pero su ejemplo se hace hoy más necesario que nunca, en un tiempo de pesadumbre y raquitismo intelectual. La tenacidad con que llevó a las urnas a un pueblo sediento de esperanza democrática y libertad sin ira. Un tiempo donde la hipocresía y el relativismo ni siquiera es capaz de agitar nuestras dormidas y pasivas conciencias. Cuatro décadas de libertades sin ira. No lo echemos todo por la borda. No nos lo perdonarían ni ellos ni los que vienen por detrás de nosotros.